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domingo, enero 20, 2008

[AP] Lo común y lo colectivo / Presentación de Manuel Delgado en MEDIALAB PRADO


Lo común y lo colectivo
El espacio público como espacio de y para la comunicación

Presentación de Manuel Delgado en MEDIALAB PRADO

Será Maurice Halbwachs, quien, en su clásico trabajo sobre la memoria social, sabrá distinguir lo común de lo colectivo, separando una memoria común, que es idéntica en todos los miembros de la sociedad, de una memoria colectiva, de la que también participan todos, sólo que articulando la aportación de cada cual, que es distinta y asume de manera no menos distinta los recuerdos que comparte con los demás. Lo noción de comunidad ha acabado identificando aquel ámbito en que se incluyen quienes comulgan entre sí y, haciéndolo, constituyen un sólo cuerpo y una sola alma, una unidad social a la vez natural y sagrada, que encierra a sus componentes en un orden cosmovisional y organizativo del que ni deben ni sabrían escapar. La colectividad designa, por contra, la reunión de individuos que están juntos y asumen su copresencia como medio para obtener un fin, aunque sea simplemente el de sobrevivir. La comunidad se funda en la comunión; la colectividad, en cambio, se organiza a partir de la comunicación. La comunidad y la colectividad implican una parecida reducción a la unidad. La diferencia, con todo, es importante y consiste en que si la comunidad exige coherencia, lo que necesita y produce toda colectividad es cohesión.

El concepto de espacio público se adecua a ese concepto de lo colectivo y se coloca conceptualmente en las antípodas del de comunitario. El espacio público se parece a cualquier cosa menos a un territorio, en el sentido de que no es un marco con límites y defendible, que alguien se puede arrogar como propio y cuyo acceso es por definición restringido, dado que en él se reserva el derecho de admisión. Al contrario, ese espacio público no es otra cosa que la posibilidad inagotable de reunir, lo social manos a la obra, por así decirlo, en un dominio en que cualquier dominación sería inconcebible.

Manuel Delgado en MEDIALAB PRADO
31.01.2008 / 19hs


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Jose Llano
Arquitecto, Diseñador de Delitos & Coreografo del Deseo
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domingo, octubre 28, 2007

[AP] La violencia como certeza / MANUEL DELGADO


La violencia como certeza
MANUEL DELGADO

Una década después de La modernidad desbordada (FCE), y confirmando sus intuiciones, el indio Arjun Appadurai (Bombay, 1949) nos brinda El rechazo de las minorías, un ensayo en el que retoma y actualiza una percepción recurrente en antropología -de la mano de Mary Douglas, por ejemplo- acerca de la preocupación que todas las sociedades experimentan por mantener a raya a su principal enemigo, que no es tanto el desorden como la ambigüedad. Ese pavor ante el desdibujamiento de los perfiles y de los límites es lo que vendría a apaciguar modalidades de agresión destinadas a castigar a los sospechosos de haber vulnerado o cuestionado las fronteras simbólicas que protegen al grupo (a cualquier grupo) de los peligros que lo acechan.

Aplicando tal premisa, Appadurai observa que las grandes dinámicas globalizadoras no han hecho sino intensificar ese ingrediente estratégico del que dependieron los Estados-nación, que fue, desde y para su nacimiento, la homogeneidad cultural de los territorios y gentes administrados. El estallido de las certezas culturales compartidas que dieron consistencia a las naciones modernas -y perdón por el pleonasmo- ha llevado a la generalización de lo que el autor llama "angustia de lo incompleto", que se está traduciendo en un creciente ensañamiento contra toda minoría, real o inventada, que amenace sus supuestas integridad y fijeza idiosincrásicas. Como si todo Estado-nación -formado o en ciernes; aquí y en todas partes- llevara en sí, larvado en su narcisismo fundador, el germen del etnocidio o, como apunta Appadurai, del ideocidio.

El fenómeno derivaría, como otros asociados a la violencia como recurso contra la ansiedad colectiva, de una proliferación de sistemas celulares, un tipo de organización molecular que está en la base hiperactiva y al tiempo hiperdispersa tanto del terrorismo internacional como del nuevo intervencionismo imperialista, tanto del capitalismo financiero como de quienes se atreven a plantarle cara. Un mundo cada vez más invertebrado y modular, más regido por códigos desconocidos, en el que los Estados-nación aparecen cada vez más marginados y -lo peor para ellos- cada vez más prescindibles. Es frente a esa consciencia de crisis e inseguridad que las mayorías estatales contemplan cualquier excepción procedente del exterior o emergente en su seno como un factor de riesgo y una anomalía a neutralizar. Riesgo y anomalía no obstante indispensables, puesto que es de ellos, o mejor contra ellos, de donde los Estados constituidos obtienen la evidencia paradójica de una existencia propia que nadie mejor para corroborar que quienes la cuestionan.

Solivianta ese tópico que da por sentado que lo que se da en llamar "el exacerbamiento de los nacionalismos" se combate viajando, aceptando al otro que llega y conociendo al otro al que se llega, aumentado las dosis de cosmopolitismo, etcétera.

Lo que viene a sostener Appadurai es justo lo contrario. Es la promiscuidad cultural, la proliferación de espacios abstractos como los cibernéticos, el flujo de capitales y verdades, el aumento de las interrelaciones y las mixturas lo que lleva a desvanecerse toda ilusión de pureza y a buscar el contrapeso de tal frustración en autenticidades que, ajenas al mundo, ya no pueden ser sino ideológicas o religiosas. En casos extremos, sólo la violencia fanática podrá restablecer la unidad perdida o enajenada. Frente al desorden y la fragilidad de lo real, sólo queda ya la estabilidad inmutable de las doctrinas más feroces, un orden atroz que será más severo cuanto más se empeñe la experiencia en desmentirlo y que no dudará en aplastar, en cuanto sea preciso, aquello o aquellos que se atrevan a recordarle que sólo puede existir como sueño para unos y pesadilla para otros.

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Jose Llano
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jueves, septiembre 13, 2007

[AP] LA INVENCIÓN DE LA MEDITERRANEIDAD / Manuel Delgado-intelligent coast

LA INVENCIÓN DE LA MEDITERRANEIDAD
Crónica de un mito urbano contemporáneo

texto desde intelligent coast

El actual modelo de construcción simbólica de Barcelona bebe en diferentes puntos de referencia de su propio pasado. Especialmente destacable es la herencia asumida del noucentisme –la versión catalana del Novecento italiano–, respecto del que se marcan distancias por lo que hace a ciertas adscrecencias reaccionarias y se discute el valor de su aportación específicamente arquitectónica –con la excepción de ciertas realizaciones, como algunos edificios de Puig Gairalt o de Goday–, pero se asumen otros aspectos, como puedan ser las propuestas urbanísitcas en sí, el modelo de institucionali­zación cultural de Prat de la Riba, con su proyecto de una construcción nacional de Cataluña de base fuertemente municipalista y metropolitana, los instrumentos principales del cual fueron la Mancomunitat y las diputaciones provinciales. No se ha de olvidar que para los hombres de la Lliga Regionalista que accedieron al gobierno de Barcelona en 1901 -Cambó, Verdaguer i Callís, Puig i Cadafalch, Prat de la Riba mismo-, la capital catalana tenía que ser el referente principal de todos sus planes de regeneración y modernización para el país, el epicentro de los cambios infraestructurales y relativos a la organización centralizada de la vida pública –sanidad, educación, cultura, bienestar social– que exigía el nuevo liderazgo del capitalismo financiero e industrial. Pero del noucentisme se toma, sobre todo, una doctrina sobre la Ciudad Ideal que apuesta por la asunción generalizada de un ciudadanismo capaz de propiciar el advenimiento de unas ciudades clásicas y renacentistas recuperadas, triunfo de ideas abstractas de concordia civil sobre la conflictividad y el enfrentamiento entre clases.

Es fácil encontrar en la actualidad las huellas de aquella misma obsesión noucentista por la armonía, el dominio racional y consesuado sobre las desavenencias, la conversión de la ciudad en un centro de ciencia, de arte y de cultura, sembrado por todas partes de belleza pública. Deuda extraordinaria también con las propuestas para una urbanidad específicamente barcelonesa –templada, equilibrada, integradora, atenta a las pedagogías que se le imparten desde las instituciones ... –, en tantos sentidos opuesta a la imaginada como española, que motivan buena parte de la obra y la mlitància política de Eugeni d'Ors –a quién devolveremos enseguida–, Jaume Bofill o Josep Carner, con una cierta dosis de escepticismo en el este último caso. Esa función antipasional del arte urbano es antigua. De ahí la preocupación novencentista –restablecida enérgicamente hoy en día– por la decoración urbana y por otorgarle al arte público un papel central en un proyecto urbano que se inspiraba en una cierta imagen de las ciudades clásicas o renacentistas. Fue aquella sensibilidad orientada al orden la que convocó a los artistas a que hicieran su aporte a una didáctica de los principios de civilidad y ayudaran a exorcizar con la belleza de sus obras expuestas en calles, jardines y plazas las amenazas constantes que acechaban desde el corazón mismo de la ciudad: el conflicto, el desorden que encarnaban los obreros y los sectores populares con sus antiestéticas luchas. Es en la década de 1920 que se extiende la convicción de que la propia ciudad debía ser considerada como una obra de arte, que en ella debía producirse la comunión mística entre urbe y creación. Para elloOo se aplican principios de ordenación que enfatizan la domesticación de los entornos naturales, la generación de parques y jardines, la arquitectura y el urbanismo entendidos como discursos y, por descontado, el arte de la decoración y estetización de la vida urbana. Es ahí que entra en juego la asunción de una dea de mediterraneidad que, como se sabe, orientará retóricamente buena parte de las políticas urbanísticas de los ayuntamientos barceloneses recientes, y que encontramos presente en la literatura, por ejemplo, de un Josep Maria López-Picó, y que no es ajena a retórica raccionaria de Paul Morand y del despuntante fascismo italiano. De esa imagen también se derivaría otro mito no menos exitoso: el del Barrio Chino y la Barcelona canalla vinculada directamente a la naturaleza portuaria de la ciudad.


 Ahora bien, entre ese propuesto mitologizante y la realidad puede haber distancias abismales. Se vuelve a demostrar como la memoria oficial y la memoria mercantil significan en realidad una amnesia total, o mejor la voluntad de camuflar aspectos inconvenientes o molestos del pasado real de la ciudad. Las políticas de promoción de Barcelona llevan años proclamando, en efecto, esa presunta “mediterraneidad” de la ciudad y mostrando como un éxito "la recuperación" de su litoral marítimo. Barcelona –se ha repetido– ha vivido demasiado tiempo “de espaldas” a su realidad mediterránea y era urgente "abrirla al mar". Curiosa afirmación, que supone olvidar que durante décadas, miles de personas vivieron literalmente en la playa, en los grandes asentamientos de chabolas del Somorrostre, el Bogatell, el Camp de la Bota, la Mar Bella, el Pequeño Pekín. Pero esta subciudad de chabolas no existió nunca o aquéllos que en ella vivieron no hace tanto no eran auténticos barceloneses. Por otra parte, esta debilidad a la hora de exaltar los valores marítimos no ha sido inconveniente para eliminar los entrañables chiringuitos de la Barceloneta. O para que la zona comercial del Hotel Arts, a la sombra del pez de Franz Gehry, devorara una buena parte del Passeig Marítim. O para que los hoteles y viviendas de alto nivel y los hoteles de Diagonal Mar acabaran levantando entre la ciudad y la playa una muralla mil veces peor que la que supusieron en otra época las vías del tren. Por no hablar de las catastróficas consecuencias de las obras del Fórum 2004 sobre el litoral barcelonés, de dudosa legalidad a la luz de la ley de costas y denunciadas en su momento por Greenpeace por sus efectos sobre el medio ambiente ¿Son muestras de "recuperación del mar" agresiones directas contra el horizonte como el Imax del Port Vell, el Word Trade Center –esta apoteosis del quiero y no puedo de que está saturado el "modelo Barcelona"–, que amputa la desembocadura visual de La Rambla, o el nuevo edificio de Catalana de Gas, que literalmente tapona la perspectiva desde paseo de Sant Joan y el Arc de Triomf?


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