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miércoles, septiembre 26, 2007

[AP] Trazando el territorio: La arquitectura emergente de Vicente Guallart (II)


Trazando el territorio
La arquitectura emergente de Vicente Guallart (II)

En 2005 terminó un pequeño edificio de apartamentos en la localidad costera de Cambrils. Aquí volcó los resultados de sus investigaciones sobre lofts de estructura multiunitaria y diseñó apartamentos con paredes flexibles con la finalidad de que sus habitantes pudieran redistribuir sus espacios con la máxima libertad. El edificio se disuelve en una serie de planos horizontales que sirven de sujeción para paneles de cristal de vivos colores en los que reverberan el sol y la mar. Aquí el edificio se apunta los colores brillantes propios de un resorte turístico, que colorean no sólo su fachada, sino también su mutable e inestable interior. En el nuevo paisaje de la vida en la costa surgió una sencilla pero novedosa arquitectura que apostaba por nuevas estructuras.

Mientras construía estas viviendas, Guallart continuaba con sus investigaciones sobre la naturaleza. En una serie de exposiciones y escritos, manifestó su interés por derribar las distinciones entre la obra de la naturaleza y la obra humana. Su inspiración en este estudio fue el arquitecto y teórico francés Viollet-le-Duc, conocido por abogar por la restauración y resurrección de las iglesias góticas en Francia. Viollet-le-Duc estudió el pico Mont Blanc en los Alpes: el francés prestó especial a atención a los principios geométricos que permitían a la montaña, la más elevada de este macizo, alcanzar tal altura. A través de su análisis, Viollet-le-Duc estudió la inclinación de ésta para localizar las zonas donde se producirían los ríos de barro y las avalanchas debido a su pronunciada pendiente. Además, buscó fórmulas para aplicar algunas de las conclusiones derivadas de ese estudio a sus diseños. Sin embargo, Guallart volcó su atención en otro aspecto: le interesaba dejar a un lado el esplendor visual o el terror de un paisaje y encontrar entre ambos extremos ciertos principios abstractos que, en nuestra moderna era tecnológica, pudieran utilizarse para extrapolar otras configuraciones basadas en esos principios, a través de la manipulación del entorno, la construcción de un nuevo paisaje o de un híbrido de ambos. Con la lectura de la obra del matemático educado en Francia Benoît Mandelbrot, Guallart empezó a profundizar en los aspectos matemáticos de nuestro entorno natural y en cómo éstos revelaban estructuras más profundas y complejas en nuestra vida diaria.

En su ensayo más famoso, en La geometría fractal de la naturaleza (1997), Mandelbrot analiza el litoral inglés y, al igual que hicieran los Eames, señala que cuanto más se acerca, más contornos aprecia. Esos contornos se reproducían en todas las escalas y su configuración se resistía a definiciones absolutas sobre la forma exacta del entorno. Mandelbrot encontró un principio matemático latente en el corazón de este fenómeno concreto, el fractal. La relación fractal determinaba la geometría, inherente en formas que uno podría considerar toscas e inacabadas, que se repetía en cada escala. La fórmula matemática que desarrolló Mandelbrot ha resultado ser extremadamente útil en el diseño y la animación por ordenador. El fractal a Guallart le permitió plantear una versión arquitectónica de las configuraciones naturales.



A pesar de que examinó estas posibilidades teóricas en una serie de exposiciones, diseños y escritos, la mejor expresión de su interés en el tema es la Montaña de Dénia. Guallart comenzó a trabajar en ese proyecto en 2003, que todavía no ha empezado a construir. La localidad costera de Dénia vive del turismo, como la mayoría de los enclaves del litoral español. Con el fin de promocionar la industria turística, el alcalde le pidió a Guallart que rehabilitase una pequeña acrópolis que coronaba la fortaleza de Dénia. La ladera, que había sido utilizada como cantera, y era inestable, representaba en la imagen de Dénia una herida profunda más que un promontorio. Sirviéndose de sus conocimientos de imagen y análisis informático, Guallart trazó un mapa de la geología de la zona, aislando para su estudio los niveles, pliegues y puntos más básicos. Y empezó a manipular estas geometrías, extendiéndolas sobre el espacio dañado, del mismo modo que el cirujano estira la piel para mejorar el aspecto de una herida.

El diseño final era una versión cristalina de la montaña de Dénia. Reconstruida a base de piedras engarzadas en una estructura de acero, el proyecto imitaba la ladera original, pero también extendía y abría. Dentro de esta nueva estructura, Guallart propuso una combinación de actividades públicas y privadas: desde un auditorio que reproducía el contorno de las colinas, con el patio de butacas extendiéndose a lo largo de toda la falda de la montaña y la torre escénica elevándose sobre la ladera, hasta un hotel con spa cuyas aguas formarían cascadas en la ladera o un foro público, o lugar de reunión, cuya vertiginosa altura obligaría a los visitantes a desviar su mirada hacia el monumento del ancla de Dénia. Las funcionalidad se organizaba en capas que Guallart tejía, como si de un telar público se tratara, para mezclar todos esos aspectos que harían que mereciera la pena vivir y visitar esa comunidad. La complejidad espacial es increíble, pero es aún más excepcional la enorme escala que Guallart, al extrapolar y abstraer las formas básicas, evidenció y transformó en un escenario de experimentación.

Recientemente, Guallart ha dado un paso más en esta línea de trabajo con el pabellón central del proyecto de Exposición Universal de la candidatura de la ciudad polaca de Wroclaw. Se trata de una montaña completamente artificial, una especie de contrapunto a la Magic Mountain de Disneylandia, y colmada de una vertiginosa sucesión de actividades públicas. Aquí los planos se han uniformado en una cuadrícula hexagonal y la montaña es como un retal gigantesco que cubre los espacios públicos, dotándoles de coherencia y afianzando su singularidad.

La Montaña de Dénia se ha convertido en el proyecto por excelencia de Guallart, aunque el arquitecto también ha desarrollado proyectos muy interesantes en las costas de España y de Taiwán. En 2003 ganó un concurso para la construcción de un mercado y un puerto en la pequeña localidad de Fugee, al noreste de Taiwán. De nuevo, su proyecto ganador (yo fui miembro del comité de selección) abstraía la geometría de la costa en una serie de burbujas y círculos que se entrelazaban. Estas fueron las formas que Guallart presentó para reorganizar las superficies horizontales, y para que las aceras, el paseo marítimo, el mercado y el océano estuvieran mejor integrados. Guallart creó un espacio ligero y orgánico: recurrió a la lógica de las pompas de jabón y nos mostró cómo compactar la mayor cantidad de espacio en un área de estructura mínima. Luego cubrió parte del espacio con una serie de baldaquinos, también entrelazados, para resguardar, entre otras cosas, el mercado. El nuevo puerto de Guallart es una sucesión de pagodas extremadamente abstractas cuya verticalidad reclama la atención del resto de la ciudad.

En 2004, en un proyecto de mayor envergadura, en Keelung (también en Taiwán), Guallart empleó los datos de trafico y los modelos de uso para conformar una geografía que se tradujo en una serie de bandas paralelas. Estas bandas, onduladas y de gran longitud, que podían hacer las veces de paseo marítimo, baldaquino o incluso puente, se convirtieron en los elementos que, a un nivel invisible, servirían de refuerzo para fibras y otras formas orgánicas. Para el arquitecto la ciudad era un organismo y, por eso, la estudió desde el punto de vista de un científico. En ella, encontró una serie invisible pero fundamental de relaciones formales latente en sus elementos, y luego abstrajo, deformó y modificó la escala de estos elementos para crear una arquitectura que, tanto literal como figuradamente, conecta sus múltiples elementos. La ciencia y, en parte, también la ficción permitieron a este arquitecto brindar una mayor coherencia a un puerto caótico e infrautilizado.

Ese mismo año planteó una sensata reorganización –que incluía la incorporación de nuevos elementos– del paseo marítimo del municipio castellonense de Vinaròs. Un paseo marítimo, un carril bici, hileras de árboles y espacios de reunión permitían hacer la playa utilizable y accesible. De nuevo, la extrapolación de grandes y de pequeñas escalas fue la guía de su diseño. Para Guallart, el proyecto formaba parte de un corpus de investigación mucho más amplio sobre la costa española, que había desarrollado junto con sus colaboradores del IAAC. Contra el urbanismo casi descontrolado y de venta al por mayor de este fractal de España, Guallart propuso una forma de entender la costa como una única línea que se despliega en una multitud de paisajes y experiencias.

En el caso concreto de Vinaròs, Guallart se concentró en un análisis de la apariencia lineal de la costa y de las geometrías de la roca local. Utilizó las rocas para formar una serie de podios hexagonales entrelazados que integran el núcleo del espacio público del proyecto. También planteó la creación de lo que denomina “rocas artificiales”, que son versiones abstractas y deformes de la geología natural que le sirven de mobiliario e incluso de elementos estructurales. Guallart se está convirtiendo en todo un especialista en urbanismo costero: trabaja simultáneamente en varios proyectos, y siempre saca provecho de esas zonas olvidadas, situadas entre las áreas muy urbanizadas y la mar, que transforma en espacios públicos de gran variedad, complejidad y coherencia. Las formas que entrelazan su geometría y las bandas onduladas y de gran longitud, elementos característicos de la obra de Guallart, están elevando estos proyectos a la categoría de prototipos de explotación y transformación del litoral.

El interés por la naturaleza artificial y la reivindicación de un urbanismo distinto para la costa española desembocó en el diseño del plan rector de “Sociópolis”, que es, hasta la fecha, el proyecto más ambicioso de Guallart. En estos momentos, se van a construir 3.000 viviendas en una superficie total de 350.000 metros cuadrados a las afueras de Valencia. Sociópolis nació en la Bienal de Valencia de 2003 –impulsada por el Ayuntamiento de la ciudad– y pretende demostrar cómo una mezcla de urbanismo, el público y el privado, puede ser una alternativa a la reproducción de los modelos de ciudades o pueblos tradicionales (en cualquier caso, imposible de reproducir porque incluso ellos han evolucionado con el tiempo para dar respuesta a unas condiciones siempre cambiantes) y a la alienación de la mayoría de las nuevas –y monótonas– áreas residenciales.

La solución de Guallart consiste en un proyecto que captura y representa los circuitos necesarios en todo vecindario, desde los destinados a la movilidad de coches, los peatones y las bicicletas hasta los previstos para el agua. Aquí no encontramos el paralelismo frecuente en los proyectos costeros: estos tramos rodean los espacios verdes y las viviendas. Sobre ellos se superpone una cuadrícula que se inspira en los modelos agrícolas de los musulmanes y de los romanos. En este mapa agrícola destaca la presencia de canales de irrigación y pequeñas parcelas de tierra, y todo, desde los árboles y las plantas hasta las estructuras humanas, gira en torno al agua para así asegurarse un correcto abastecimiento. Además, Guallart planteó la recuperación y conservación de las alquerías locales y, como ya es habitual, analizó los modelos de uso y las condiciones geológicas e hidrológicas de la zona y las sometió al proceso de abstracción y deformación.

Sin embargo, en este caso no se ha inspirado tanto en los modelos geomórficos y biológicos, y para este proyecto ha creado un collage de viejos y de nuevos elementos que darán la impresión de que Sociópolis ha madurado para estar a la altura de las premisas locales –muchas de ellas siguen estando presentes en el lugar–. Para garantizar la presencia del pasado, el arquitecto ha mezclado espacios públicos y elementos existentes por todas partes, para así romper con el concepto de uso único, tan frecuente en las nuevas construcciones. Nuevos jardines y espacios de recreo comunitarios convivirán con huertos ya existentes y darán a los habitantes la sensación de que están en un lugar especial con su propia vegetación, suelo y tradición.

Guallart no quiso diseñar la totalidad de Sociópolis y, por eso, lo dividió en parcelas que encargó a algunos de los arquitectos más inventivos y experimentales de nuestros días. Todos ellos se han tomado la encomienda como una oportunidad para experimentar con las formas: han partido de los elementos que habitualmente conforman las viviendas para apilarlos, cortarlos, estirarlos o simplemente mezclar sus geometrías para crear una prolongación tridimensional del collage de Guallart. Aunque la escala y la coherencia estilística de estos bloques de viviendas garantizarán que Sociópolis tenga la identidad de una nueva zona construida a principios del siglo XXI, la variedad que Guallart ha logrado gracias a la manipulación de unos pocos elementos del lugar y la elección de los arquitectos enriquecerá la zona más de lo que hubiera cabido esperar.

El arquitecto valenciano se ha reservado la Sharing Tower (Torre compartida), que es el epicentro de todo este último proyecto. El diseño de esta torre de 21.000 metros cuadrados también ha llevado a Guallart a transitar por nuevos caminos. Aquí no le preocupaba tanto el análisis de las condiciones físicas, porque se dio cuenta de que el lugar y sus habitantes estarían, por su propia naturaleza, desconectados los unos de los otros. El reto, pensó, estaría en crear una comunidad artificial en esa naturaleza artificial. En primer lugar, investigó qué normas establece la legislación española, en base a restricciones económicas y convenciones sociales, a la hora de construir viviendas. Grabó vídeos de residentes en apartamentos y desmontó una a una las partes que configuran un apartamento estándar. Luego exploró diversas técnicas para compactarlas utilizando las formas geométricas más eficaces, como el círculo, por su cualidad de contenedor. Y, finalmente, Guallart propuso una innovación tanto social como formal: convenció al cliente de que le permitiera introducir fórmulas de viviendas compartidas, incluyendo una especie de colegios mayores para estudiantes y artistas en la planta baja de edificio, en el caso de éstos últimos, talleres amplios y compartidos. En las zonas de apartamentos más convencionales, quiso abrir un amplio espacio público y, para ello, reunió todos los metros cuadrados que pudo, esos que normalmente están reservados para la circulación de los residentes. Guallart ya tenía unos amplios pasillos, ahora sólo faltaba equiparlos con los aparatos suficientes (como, por ejemplo, lavadoras y secadoras) para que se utilizaran como verdaderas zonas comunales.

En la Sharing Tower Guallart vuelca las conclusiones de la mayoría de sus investigaciones y las traslada a otro campo del diseño y, además, las combina con su interés por los espacios compartidos y la creación de lugares sociales generados y activados por las nuevas tecnologías, presente en los proyectos realizados con Media Lab. Esta torre también pone de manifiesto que el arquitecto conjuga sus múltiples análisis sobre el entorno humano con su habilidad para diseñar un proyecto contenedor de todos los resultados de esos análisis. En otras palabras, Guallart es capaz de transformar el espacio abstracto del análisis científico y la deformación informática en lugares que se convierten en una suerte de entorno que flota, como un palimpsesto, sobre los espacios ya existentes. Y lo hace con la aplicación de formas sólidas y evocadoras que surgen de una narrativa que se muestra crítica con las circunstancias que la rodean.

El palimpsesto encaja a la perfección con lo que hace Guallart. Su obra se basa en el análisis y la transformación del entorno. Ha aprendido a sumergirse en la superficie del paisaje: Guallart siempre se documenta sobre la ciudad, la geología, las relaciones sociales a distancia y, para ello, utiliza todas las herramientas –los mapas, las perspectivas, las tablas– que tiene a su disposición. Se reduce a sí mismo a la escala de las capas y explora un espacio fractal de escala y posibilidades infinitas, y luego convierte el territorio que acaba de explorar en un nuevo paisaje que él, apartándose del entorno del lugar, puede manipular como si fuera una estructura autónoma. Esta nueva configuración formal es una especie de segunda piel que recubre tanto un baldaquino como un paseo marítimo o una propuesta arquitectónica. Su geometría está a medio camino entre el paisaje del que se nutre y el mundo completamente abstracto de los datos, y la reconocemos como una versión de su punto de partida, porque Guallart traduce sus elementos básicos en formas, materiales e incluso colores que nos recuerdan al entorno de la zona. En una última fase, el arquitecto separa esa segunda piel de la superficie para darle una forma tridimensional. Con esa acción, la superficie gana una realidad y una forma propias, y en su aspecto final la reconocemos como nueva, mas también encontramos en ella una especie de asidero. En algunos casos, como en los proyectos más recientes, la arquitectura resultante es de tal envergadura y abstracción que nos cuesta comprender su relación con el entorno, no obstante, a pesar de todo, la voluntad Guallart de reestructurar el paisaje existente sigue siendo el principio básico de todos sus diseños.

El resultado final replantea, reorganiza y reconstituye lo que ya existe. Nos devuelve el entorno en que vivimos, y que no siempre vemos o experimentamos, de una forma que podamos disfrutarlo. No fabrica una naturaleza nueva o artificial, sino una arquitectura que convierte el espacio en el lugar más adecuado para la vida humana. Es una arquitectura que delinea, que repite, pero también una arquitectura que se libera a sí misma de las circunstancias que la rodean.

Esta exposición resume y muestra el método de trabajo Vicente Guallart. Las imágenes son efímeras, historias que Vicente Guallart nos cuenta sobre arquitecturas futuribles. Son los modelos de la arquitectura que plantea, modelos que, a su manera, recuerdan los muros que antaño circundaban la ciudad de Valencia. La nueva arquitectura, esa que espera que seamos sus residentes, esa que alberga los estilos del presente y albergará los del futuro, nace de las ruinas de la arquitectura del pasado que siempre merecerán nuestra atención.


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VICENT GUALLART
www.guallartblog.com


Jose Llano
Arquitecto, Diseñador de Delitos & Coreografo del Deseo
editor aparienciapublica
www.aparienciapublica.org
http://aparienciapublica.blogspot.com/

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AMERICA has a rest, where you want to be

[AP] Trazando el territorio: La arquitectura emergente de Vicente Guallart (I)


Trazando el territorio: La arquitectura emergente de Vicente Guallart (I)

La singular trayectoria de Vicente Guallart puede situarlo en los limites de la arquitectura: levanta montañas en vez de bloques de viviendas, Media Houses que fomentan la interacción digital en vez de casas con dormitorios y cocinas convencionales. Nacido en Valencia, una ciudad que durante la mayor parte del siglo XX estuvo fuera de los principales circuitos de producción arquitectónica, Guallart optó por diseñar edificios que, para muchos, no parecen edificios. Desarrolla proyectos no sólo en su ciudad natal, sino también en localidades costeras de Cataluña y Taiwán. En ocasiones, Guallart huye de los deberes asociados a su profesión y vuelca todas sus energías en producir guías digitales, dirigir proyectos de investigación, participar en experimentos en colaboración electrónica, o incluso subsumir sus propios diseños en proyectos colectivos. Sin embargo, en este texto argumentaré que Vicente Guallart no es un arquitecto de la vanguardia propia del siglo XX, sino un miembro activo de una corriente denominada “arquitectura emergente”. El trabajo de Guallart puede parecer raro, pero no es más que su forma de reaccionar ante la naturaleza que rodea a los seres humanos.

La de Vicente Guallart es una arquitectura emergente. Este término tiene su origen en el mundo del diseño asistido por ordenador; dentro de esta disciplina, los arquitectos creen que su única labor es la de ordenar las múltiples posibilidades que los programas informáticos extraen de las formulas que los programadores han creado con el objetivo de imitar el desarrollo natural. Para Guallart, el término es más amplio, puesto que incluye todos y cada uno de los procesos que determinan que su trabajo surja de estructuras físicas y sociales, tanto reales como digitales. Guallart es un arquitecto que no se considera un hacedor de edificios aislados, sino un investigador que pretende que la arquitectura se nutra de la naturaleza que nos rodea.

Este es, parcialmente, el resultado de un análisis de la actitud de Guallart en la actualidad. El arquitecto opera en un campo arquitectónico que está cada vez más fracturado, tanto en su naturaleza como en su producción. Los arquitectos trabajan por todo el mundo y diseñan proyectos a partir de los abstractos campos de datos que dibujan las pantallas de sus ordenadores. Sus obras forman parte de complejos proyectos financieros y políticos, y los planos sobre los que trabajan habitualmente son sólo la capa más superficial, la superestructura que reviste una inversión en infraestructura y configuración funcional. El trabajo de los arquitectos está tan determinado por las decisiones de banqueros, de burócratas que interpretan los códigos de edificación y de ingenieros mecánicos como por el influjo de las tradiciones arquitectónicas.

Dentro de esa tradición, hay un elemento que todas las generaciones de arquitectos, Guallart incluido, han salvaguardado: la extraordinaria capacidad de la arquitectura para situarnos en un universo que es mucho más vasto de lo que podemos llegar a comprender con nuestros sentidos. Tiene esa habilidad porque, como un mandala (el símbolo indio del cosmos) o una aedicula (la estructura occidental de cubierta piramidal que descansa sobre cuatro postes, como el baldacchino papal o la chupa donde se celebran los matrimonios judíos), crea un centro que definen las cuatro direcciones de los vientos y asume una universalidad geocéntrica. La arquitectura tiene otros recursos para darnos sensación de centralidad: utiliza ciertos elementos estilísticos como columnas o pedimentos, o referencias a fachadas para situarnos en un continuo histórico, o, sencillamente, sirve de marco a las vistas que nos ofrece un determinado edificio. Independientemente de las técnicas o combinaciones que emplee, la arquitectura tiene el poder de hacernos sentir que estamos en un lugar y que pertenecemos a él. En realidad, probablemente, esa sea la principal función de la arquitectura: convertir el espacio en lugar, y hacerlo de tal manera que, no quedándose en lo físico, abarque una dimensión mental y espacial de pertenencia.

La arquitectura es una forma de práctica espacial que nos coloca en el mundo de acuerdo a una serie de convenciones y reglas, similares a las del lenguaje o la propia ley. Es una forma de apuntalarnos en el tiempo y en el espacio, y de garantizarnos una continuidad de aceptación de la realidad que revalidamos cada vez que construimos una nueva estructura. Al mismo tiempo, a pesar de situarnos en un lugar, la arquitectura también tiene el poder de reestructurar y desestabilizar. Puede reemplazar y desplazar, puede crear otro lugar, uno nuevo desconocido hasta entonces. Por eso mismo, por esa capacidad suya de crear otros lugares y proporcionarles una ubicación o visibilidad, la arquitectura puede construir una alternativa crítica al mundo en que vivimos. Esto es, de hecho, lo que hacen los mejores arquitectos, quienes se distinguen de los que sólo construyen estructuras útiles. Vicente Guallart pertenece al primer grupo.

En los últimos años, la profesión ha evolucionado, y ahora los arquitectos tienen a su disposición nuevas herramientas que les permiten ejercer esa crítica a niveles o formas ataño inaccesibles. Desde la llegada de las nuevas comunicaciones y las herramientas informáticas, los métodos de trazado de las estructuras son cada vez más efímeros, más complejos, e incluso podría decirse que más fundamentales. Ahora ya no se trata de situarse en un campo geométrico, religioso o cultural, sino en un continuo que, como en el documental Powers of Ten (1977) que Charles y Ray Eames filmaron al principio de esta nueva era, se extiende y fluye sin interrupciones, partiendo de lo microscópico para llegar a comprender el universo en su totalidad. El avance de las técnicas, que permiten a los arquitectos encontrar su lugar en un campo mucho más amplio y de compleja definición, coincide con la disipación tanto del individuo como de la sociedad que les define. En un mundo en el que el yo se ha dividido en id, ego y superego (o cualquier otra división que se quiera elegir), en el que ha aparecido una distinción fundamental entre el universo que podemos conocer con nuestros sentidos y el que podemos comprender con nuestro esfuerzo intelectual, y en el que nos hemos dado cuenta de que incluso lo que considerábamos una relación fundamental del yo con un cuerpo existente en el tiempo y en el espacio, y de ese cuerpo con una estructura social cohesiva en la que podría reflejarse y definirse, es una construcción o ficción social, necesitamos maneras más fundamentales y flexibles de expresar en nuestro mundo lo que pensamos de nosotros mismos.

Las técnicas que uno podría emplear para conseguirlo son muchas. Algunos arquitectos se centran en la apropiación de la imaginería de la publicidad y el seguimiento de datos resulta en la disolución –que, tarde o temprano, siempre ocurre– de prácticamente todos los objetos. Otros se aferran a una capitulación reaccionaria con la construcción de viviendas que se postulan como auténticas, pero que casi de inmediato nos parecen obvias debido a la aplicación de materiales preindustriales. Sin embargo, entre la disipación y la desaparición de la forma residen una serie de técnicas que son el principio para definir un nuevo campo de acción para la arquitectura. Esta área está compuesta de varias formas de medición, deformación o reformación, y se prolonga por una extensión más o menos abstracta de campos geológicos, biológicos, semióticos y de otros ámbitos científicos que durante mucho tiempo han asistido de manera implícita a la práctica de la construcción de edificios. Del mismo modo, dado que la construcción siempre ha existido en la intersección entre principios mecánicos abstractos y la imaginería, las narrativas y la cohesión formal que hacen legibles todo sus datos –un lugar que hemos acordado denominar “arquitectura”–, esta última versión de la arquitectura sólo existe gracias a su habilidad para hacer uso de las técnicas narrativas que le permiten dar una forma evocadora a las conclusiones de análisis y extrapolaciones. En otras palabras, la arquitectura tiene que contarnos una buena historia, mostrarnos una imagen reconocible o crear un edificio icónico. Debe hacerlo para despertar recuerdos sociales y personales, es decir, es su deber que cuando el espectador vea sus obras encuentre algo familiar en ellas.

Ante este reto, los arquitectos han intentado definir una metodología factible para la arquitectura y, para ello, no se han limitado a observar formas basadas en las leyes de la geología, la biología y el lenguaje, sino que han ido más allá, y han estudiado cómo se manifiestan esos principios, es decir, han diseñado edificios que tratan de parecer paisajes, flora, fauna o signos. Esta corriente responde al nombre de “arquitectura emergente”, un término cuyo origen se desconoce. Es la brújula de esos arquitectos que creen que, en ese campo de exploración, es mejor no ejercer la arquitectura como un profesional que impone una estructura abstracta, salida de la nada, sobre un lugar virgen, sino como alguien que examina y, con toda probabilidad, manipula las formas de organización de la biología, la geología, las estructuras sociales o incluso de los propios programas informáticos. Alguien que imita la forma en que crecen las plantas o cómo se acumulan los estratos geológicos. Alguien que estudia cómo se mueven y cómo se agrupan los seres humanos y traduce todo eso en el espacio. Alguien que ve la arquitectura como un orden que nace del comportamiento de la materia que fluye hacia puntos de atracción y que encuentra sus formas en la tensión existente entre múltiples polos –una verdad fundamental de la física que la arquitectura examina en su intento de encontrar sus formas entre las distintas demandas que plantea el espacio–. Alguien que enciende el ordenador y le dice a un programa que traduzca unos datos abstractos cualquiera (los requisitos funcionales, los códigos de edificación, la dirección del viento, la prevalencia de cierto color en el vecindario), los formule y luego presiona la tecla “Imprimir” cuando considera que ya ha conseguido lo que quería. Vicente Guallart se inscribe en esta corriente emergente y combina muchas de estas estrategias.

Las técnicas que Guallart ha elegido vienen determinadas por el contexto en el que ha sido educado y en el que ha decidido trabajar. Barcelona tiene una tradición arquitectónica más consolidada que cualquier otra ciudad del mundo en la construcción de edificios que parecen estar en continuo crecimiento. En gran medida, esa tradición tiene su origen en las singulares condiciones que concurrieron en la configuración de la ciudad a finales del siglo XIX y que produjeron el florecimiento de la forma (tanto literal como figuradamente) en la obra de Antoni Gaudí, Josep Maria Jujol y Lluís Domènech i Montaner. Como ocurrió en muchas otras ciudades industriales de la época, esta arquitectura reflejó un intento por recapturar la lógica del espacio tanto en un sentido cultural como geográfico. El balbuciente nacionalismo defendía una comunidad de absoluta unidad y, al mismo tiempo, el vaivén migratorio generalizado y el poder del Estado desenmascaraban esa ficción. Una fe renovada buscaba crear una verdad de orden superior basada en una amalgama de todas esas creencias. Y artistas de todo tipo de disciplinas trataban de consolidar esas campañas de llamamiento a la población autóctona en la flora, la fauna y la geografía de esa zona específica. Barcelona se distinguió de Budapest, Helsinki o Londres por su trasgresión: las formas se llevaron a extremos inimaginables en el terreno de la arquitectura (en oposición a la música, por ejemplo, o a la escritura). La construcción de bloques de apartamentos que imitaban la montaña de Montserrat, erosionada por la acción del Mediterráneo, o una catedral que no era sino una versión urbana de esa misma formación geológica le dieron a esta ciudad de nuevo trazado, un sentido de emplazamiento del que carecían otras jóvenes capitales de expansión capitalista.

Casi un siglo más tarde, se produjo una situación similar: el nacionalismo renacía y Barcelona planificaba los Juegos Olímpicos. Los arquitectos de la ciudad lideraron una investigación geomórfica que sirvió de base para el trabajo posterior de Guallart y de otros arquitectos. Concentrada en la revista Quaderns d’arquitectura i urbanisme del Colegio de Arquitectos de Cataluña, esta investigación pretendía relacionar estructuras urbanas aparentemente dispares con la configuración del terreno. La casi imperceptible inclinación de la tierra en una zona que todo el mundo consideraba llana y sobre la que se alzaba la ciudad, la relación existente entre los ríos que flanquean la ciudad al norte a al sur, y la aparición de un nuevo paisaje de viviendas en el valle de El Vallès, más allá de las colinas que tradicionalmente habían definido los límites de Barcelona, condujeron a una redefinición de la morfología urbana.

En algunos de los edificios construidos para los Juegos Olímpicos latían las conclusiones de esta investigación, sobre todo, en las inserciones geomórficas diseñadas por Enric Miralles y Carmen Pinós para el pabellón de tiro con arco (1990-92) y, unos años antes, para el cementerio de Igualada (1985-91). Y este tipo de arquitectura empezó a calar en el trazado urbano del área de Barcelona e impulsó un programa de replanificación que, en muchos lugares, hizo invisibles las redes de vías rápidas, y de distribución de un pequeño sistema de servicios urbanos repartido por toda la ciudad. Empezó a surgir un nuevo estilo que miraba hacia a los experimentos organicistas de finales del siglo XIX y que trataba de abstraer lo que arquitectos como José Luis Mateo comenzaron a reconocer como la geología humana de la ciudad, a saber, su acumulación de bloques de pisos de la misma altura del Plan Cerdá, de formas partidarias de las nuevas tecnologías y de otros tipos de vivienda. El acto de abstracción dejó estrías e incisiones que se convirtieron, junto con un collage de distintos materiales deformados y amontonados, en los distintivos de la corriente arquitectónica de Barcelona en las décadas ochenta y noventa.

Sin embargo, estas nuevas propuestas arquitectónicas no fueron únicas. En Europa y fuera de ella los arquitectos empezaban a plantearse de nuevo la pregunta: ¿Cómo construir con el lugar y no sobre el lugar? En vez de volver sobre las ficciones históricas de la arquitectura regional o sobre “estructuras profundas” completamente abstractas (los extremos que separaban a los últimos modernistas y los posmodernistas y entre los que se habían batido en el campo de la arquitectura a finales de la década de los setenta y principios de los ochenta), esta nueva generación buscaba encontrar y desplegar las formas inherentes al lugar. Para ellos, la arquitectura era, al cincuenta por ciento, infraestructura e icono, arquitectos tan distintos como Antoine Predock, Emilio Ambasz, Jean Nouvel, Rem Koolhaas y Arata Isozaki empezaron a construir edificios que parecían verdaderos espectáculos en movimiento. Por su parte, algunos de sus alumnos y colaboradores empezaron a interesarse por métodos que permitieran hacer esa arquitectura del espectáculo más específica y rica, mientras que otros se centraron en el estudio de nuevas tecnologías informáticas para ampliar sus registros. Este último grupo incluía a blobists y defensores de la arquitectura orgánica como Greg Lynn y Lars Spuybroek, y en el primero se inscriben muchos diseñadores holandeses como UN Studio, Neutelings Riedijk y MVRDV, quienes tuvieron una gran influencia a finales de los noventa.

Muchas de estas imágenes e influencias quedaron recogidas en la exposición HiperCatalunya, que se celebró en 2004 en el Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA) y que fue una suerte de manifiesto firmado por Guallart y los de su generación. El análisis territorial de la exposición confiaba en la extracción de datos, la cartografía digital y las herramientas de análisis de compuestos que el ordenador ponía a su disposición para crear campoos que los diseñadores podrían extrapolar a futuros proyectos para la región. No tenían porqué ser necesariamente edificios u otros elementos tradicionales de la arquitectura y sus disciplinas aliadas, sino formaciones neogeológicas o neosociales destinadas a tomar como base el campo analítico. Había proyectos, con una leve pátina de ciencia-ficción, que imaginaban la Cataluña del futuro. Había hasta pesadillas de un urbanismo desenfrenado que cubría hasta el último milímetro de cada espacio abierto, aunque en la mayoría de los casos, la exposición se centraba en elementos icónicos que eran versiones artificiales de la naturaleza o estructuras para vivir, o ambas.

Guallart ya llevaba varios años trabajando en esa línea antes de participar en HiperCatalunya. Mientras ejercía como arquitecto de proyectos para Mateo, entre 1989 y 1992, fundó una empresa independiente que recopilaba información sobre la arquitectura y el paisaje, primero en Barcelona y luego en otras ciudades. Guallart veía este esfuerzo como una prolongación de su propia investigación y también como una alternativa rentable que le serviría para el diseño de futuros encargos. Con la irrupción de Internet, que arrastraba enormes cantidades de datos, este esfuerzo se quedó obsoleto, pero Guallart reaccionó con rapidez y se lanzó a explorar las posibilidades de la investigación y experimentación colectiva en Internet. Buscó colegas en el Media Lab del Massachusetts Institute of Technology de Cambridge (Estados Unidos) y en otros laboratorios de experimentación, e inició una exploración –todavía en curso– de las formas, técnicas, herramientas e imágenes que pueden convertir la información física en datos y a éstos últimos en formas físicas. El método de trabajo era especialmente importante para Guallart: no quería investigar de manera aislada sino colectivamente y en torno a un proyecto común, como ya se venía haciendo en el sector empresarial y en las instituciones académicas. El resultado de la investigación fue Media House (2001), un prototipo de estructura interactiva cuyo objetivo era obtener una cartografía de la trayectoria de las neuronas que crean mapas mentales, que desarrolló junto a Neil Gershenfeld y Enric Ruiz Gell. Dio un paso más en Barcelona (1998) con el Web Hotel, una instalación en la que los visitantes podían utilizar la web para acceder a un hotel virtual, para el que Guallart había diseñado una réplica física que no era más que un andamio cubierto de un material translúcido.

Esta investigación propició, en 2004, la fundación del Institut d’Arquitectura Avançada de Catalunya (IAAC), que Guallart lidera junto a Manuel Gausa y Willy Müller y que hoy día sigue siendo el epicentro de la investigación teórica y académica del arquitecto valenciano.

Guallart continuó la investigación que inspiró HiperCatalunya en libros como Geocat (2005), en el que analiza la complejidad de la geografía de Cataluña, de distintos contornos no sólo físicos sino también económicos e incluso ideológicos. Tras analizar la geografía catalana, Guallart, sus alumnos y colaboradores propusieron alternativas al imperante desarrollo urbanístico que aislaba, en distintas zonas, el turismo, la industria y la vivienda. Guallart también colaboró en revistas como Verb y coescribió Metápolis. Diccionario de arquitectura avanzada (2003), una colección de aforismos sobre esta disciplina. Simultaneaba esta actividad teórica con otra más práctica: hacer valer la aplicabilidad de esos nuevos métodos de trabajo en una dimensión arquitectónica más o menos tradicional. Después de todo, él se formó como arquitecto en Valencia –se licenció en 1989– ,y su trabajo no podía quedarse en el campo de la teoría o de la enseñanza, esa faceta era sencillamente inevitable en la nueva arquitectura emergente. Para Guallart y muchos de sus contemporáneos, la investigación y el desarrollo no eran meros pasos previos a la arquitectura –todos ellos creían en su importancia y no renunciaban a ellos– sino su punto de partida.

Los resultados más concretos (de nuevo, literal y figuradamente) de tales investigaciones fueron dos casas construidas entre 1996 y 2004. En la primera, Metapolitan Loft, situada a las afueras de Valencia, Guallart se propuso poner en práctica todas las teorías que había desarrollado hasta entonces. Se partió de una caja sencilla: la casa redujo su estructura espacial a sus formas más elementales, las de un cubo que contenía una vivienda tipo loft. Esta máquina para vivir ultramoderna estaba muy apegada a su entorno, que contemplaba a través de un gran ventanal, y al que rendía homenaje en un tejado cuyas ondulaciones y distintas plantas representaban una versión artificial del paisaje circundante.

Guallart dio continuidad a esta idea en un edificio similar en las afueras de Barcelona: la Hortal House. Aquí dejó la estructura exterior lo más inacabada posible para que fuese ella la que contara la historia de su construcción, como parte de la constante transformación de esta colina rocosa, antaño escenario de campos agrícolas y en la actualidad un lugar para el disfrute de ese mismo paisaje. Como en la primera casa, el tejado de la Hortal House fue el lugar elegido para construir una versión abstracta de la vegetación, las plantas y la geografía locales. Una tercera estructura, la House of the Seven Summits (Casa de las siete cimas), trasladó estas cuestiones locales a una dimensión global al incorporar referencias a las siete cumbres más altas del mundo que el propietario de ésta pretendía escalar. Las cumbres se tradujeron en proporciones matemáticas dentro de la compleja distribución del espacio de la casa, ya que a medida que uno va subiendo escalones las habitaciones se hacen cada vez más bajas y coloridas. Este proyecto todavía está inacabado.


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VICENT GUALLART
www.guallartblog.com


Jose Llano
Arquitecto, Diseñador de Delitos & Coreografo del Deseo
editor aparienciapublica
www.aparienciapublica.org
http://aparienciapublica.blogspot.com/

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