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sábado, agosto 04, 2007

[AP] La arquitectura del poder de Deyan Sudjic / BOOK


La arquitectura del poder de Deyan Sudjic
BOOK

La Arquitectura del Poder (The Edifice Complex, en su versión original) es un recorrido por las relaciones entre los arquitectos y el poder, poder entendido como político, económico, social o cultural, y de como en esta relación el arquitecto termina proyectando los deseos de su benefactor. Con este análisis Sudjic se pregunta porque los grandes proyectos se los terminan repartiendo siempre una docena de arquitectos, y no siempre tras ganar un concurso, pues el libro esta lleno de ejemplos en donde tras la grandielocuencia de las presentaciones, se esconden intereses ajenos a la arquitectura.

El libro empieza con el paradigmático caso de Albert Speer al servicio de Hitler, pasando por Mussolini y Terragni, Le Corbusier, hasta los popes de la actualidad: Rem Koolhaas, Foster, Ghery, Libeskind y como no, el señor de las demandas Santiago Calatrava.

El libro no solo es interesantes para arquitectos, sino para el público en general, pues es la sociedad la que finalmente “vive” estos proyectos, en los casos citados, siempre para dar gusto a su majestad, el Rockefeller Center, las Torres Gemelas, la ciudad de la cultura en Santiago de Compostela, el EUR en Roma, todos proyectos pensados y encargados para que sus mecenas sean recordados a través de la historia.

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Deyan Sudjic: Fue Director de la revista Domus, curador de la Bienal de Venecia de Arquitectura en 2002y crítico de arquitectura en The Observer. Aquí un perfil más extenso en la revista Icon.


critica
LA ARQUITECTURA DEL PODER de DEYAN SUDJIC
ARQ.tipo
fragmentos del libro

Irresistible como una novela… Por momentos es como si la reflexión académica y la columna de cotilleos se fusionaran…Sudjic nos lleva continuamente detrás de las bambalinas…. Fascinante
Norman Foster

Una lectura imprescindible para cualquiera interesado en cómo se construye el mundo en que vivimos
Amanda Levete, / The Independent


El lector es introducido en un manicomio habitado por políticos sedientos de poder, mecenas extremadamente ricos y los arquitectos que han trabajado para ellos… Al final, y pese a todo, la arquitectura resulta ser importante, así como el escribir sobre ella de un modo erudito, apasionado e inteligente
New Statesman


Ahora todo el mundo quiere un icono. Quieren que un arquitecto haga lo mismo que hizo el Guggenheim de Gehry para Bilbao y el teatro de la ópera de Jorn Utzon para Sydney. Cuando por fin se inauguró el Walt Disney Hall en Los Ángeles, en la mayoría de los discursos de la ceremonia de inauguración se habló más de cómo la nueva sala de conciertos afectaría a la imagen de la ciudad que de su acústica. Sin duda, no es ésta una manera infalible de conseguir una arquitectura discreta y con tacto, o incluso de calidad. El efecto de tanta preocupación por crear una imagen es tan perjudicial para los arquitectos como para las ciudades que los contratan. Nunca se ha dado que tanta arquitectura de alta visibilidad fuera diseñada por tan poca gente. A veces parece como si sólo hubiera treinta arquitectos en todo el mundo, el circo volador de viajeros eternos. Veinte de ellos se toman a sí mismos lo bastante en serio como para reconocer la presencia de otro miembro del círculo mágico cuando se encuentran en la sala de primera en Heathrow; los otros diez se han quedado ya sin fuerzas tras haber sido adelantados por sus colegas, aunque de momento todavía pueden captar clientes gracias a sus glorias pasadas. Juntos forman el grupo que da los nombres que surgen una y otra vez cuando otra ciudad tristemente engañada se pone en acción con la falsa idea de que va a superar al Guggenheim de Bilbao con una galería de arte que se parecerá a un choque de trenes, un platillo volador o un hotel en forma de meteorito de veinte plantas. Se les ve en Nueva York y en Tokio, y, salvo dos excepciones, son todos hombres; están en el avión rumbo a Guadalajara y Seattle, en Ámsterdam y, por supuesto, por toda Barcelona. Y ahora empiezan a converger en Pekín. Se van encontrando una y otra vez, participando en los mismos concursos convocados por invitación, y aparecen en el estrado de las ceremonias del premio Pritzker y en los jurados que eligen a los ganadores de los concursos en los que ellos no participan. ¿Y esto por qué es así? En parte porque la arquitectura ha conseguido dejar su impronta en una cultura más amplia de una manera que nunca lo había hecho antes: ahora la gente se fija en los edificios. El problema es que dado lo extraña que es buena parte de la arquitectura contemporánea, ¿cómo pueden los clientes saber que su accidente de trenes, su meteorito o su platillo volador en concreto va a ser el hito que buscaban y no la pila de basura que en el fondo sospechan que es?
La respuesta es que no pueden saberlo. Así que dependen de esa lista de treinta nombres de arquitectos que los diseñaron antes. Son los que tienen licencia para ser raros. El que contrata a uno de ellos puede estar seguro de que nadie se burlará de él. Es como comprar un traje de la marca adecuada cuando uno no entiende de moda. Pero es un arma de doble filo. Cuantos más proyectos acaparan esos pocos nombres, menos nombres quedan para elegir en el siguiente proyecto. El resultado es que la arquitectura se convierte en una actividad brutalmente dividida, atrapada entre la hambruna y la glotonería. O bien los arquitectos tienen demasiado trabajo para concentrarse en él como es debido y, por lo tanto, echan a perder su reputación al parodiarse a si mismos, o tienen tan poco trabajo que la ampliación de una cocina puede convertirse en la obra de toda su vida y, por lo tanto, se mueren de hambre. Eso favorece bien poco a los supuestos beneficiarios del proceso. Asimismo, la continua atención y el bombo tienen un efecto preocupante en algunos de los miembros más sugestionables del circo volador. Y es que empiezan a creérselo. No pueden evitar un asomo de burla despectiva hacia cualquier arquitecto que no pertenezca al círculo encantado y que no esté presente en la sala en un momento dado. Pero además está la constante preocupación de que los eclipsen al temer que su pertenencia al grupo sólo sea temporal. Es el resultado natural de la extraña búsqueda del icono que invadida la arquitectura.

Santiago Calatrava, la versión oscura y kitsch de la inventiva juguetona y libre de Gehry, sigue considerándose arquitecto. Pero en realidad ha renunciado a diseñar edificios para concentrarse en la producción de iconos. Creó la estación de tránsito en la Zona Cero, con sus elevadas alas de cristal que apuntan hacia el cielo y su pico de acero que toca el suelo y que recuerda de manera molesta al logo de American Airlines. Su teatro de la ópera de Valencia parece el esqueleto blanqueado de una criatura marina prehistórica inflado a gran escala. Calatrava no para de inaugurar puentes nuevos para añadir a una colección que incluye muestras de Bilbao, Barcelona, Mérida, Manchester y Venecia. De una manera conmovedora, sigue insistiendo en dar una excusa funcional (…). Calatrava diseñó lo que se supone que es una sala de conciertos en Santa Cruz de Tenerife, una ciudad de 250.000 habitantes. Oficialmente, se dijo que la estructura de cemento blanco parece una ola que rompe en el paseo marítimo. Los menos comprensivos la interpretarían como una representación gigantesca del velo de una monja, o incluso como una especie de imitación del lejano Sydney. En cualquier caso es el clásico proyecto icónico: un edificio cultural, diseñado con una importante subvención de los fondos públicos, con la clara intención de conseguir que una ciudad desconocida salga en las páginas de las revistas de las compañías aéreas. Calatrava es un fuera de serie, y todo el mundo sabe que además de arquitecto también es ingeniero, una combinación que le ha permitido hacer ver que su obra esconde una lógica interna, lo que le da la excusa para lo que, de lo contrario, podría quedar como un exhibicionismo descarado (…). El museo ha sido el tipo de construcción más vulnerable entre los edificios que pecan de esta tendencia, porque es con el que es más fácil jugar. Los arquitectos pueden manipulado, pero el verdadero problema surge cuando la gente intenta hacer lo mismo con una biblioteca pública o un plan de viviendas. Sin embargo, cuanto mayor es el número de los clientes que siguen pidiendo iconos, menor es la tendencia de una nueva generación de arquitectos a complacerlos. Los edificios banales, estridentes, exhibicionistas, sufren las consecuencias de la ley de los rendimientos decrecientes. La acertada respuesta de los artistas más jóvenes que poseen una visión estratégica -por ejemplo, Foreign Office Architects- es diseñar edificios que, como la terminal de transbordadores de Yokohama, no puedan reducirse a un logo. Y el museo nuevo de más éxito en Estados Unidos es una vieja fábrica de cajas de cartón a orillas del río Hudson, desprovisto de cualquier tipo de monumentalismo afectado. Tal vez, como el art nouveau, que floreció brevemente a finales del siglo XIX, el icono se volvió ubicuo justo cuando estaba a punto de desaparecer.

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Jose Llano
editor aparienciapublica
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[AP] ARQUITECTOS / PODER / SOBREMODERNIDAD

EL PODER DE LA ARQUITECTURA
ARQUITECTOS / PODER / SOBREMODERNIDAD

EL PAIS.com
ANATXU ZABALBEASCOA

04/08/2007


[¿Por qué los arquitectos más famosos del mundo se negaron a participar en la reconstrucción de la Zona Cero? ¿Qué pretendía Blair con la Cúpula del Milenio? Repasamos con Deyan Sudjic algunos de los grandes iconos de los últimos tiempos.]

World Trade Center


"El World Trade Center se concibió como una demostración de confianza en Nueva York, un pulmón de acero destinado a resucitar la ciudad hundida económicamente. Su arquitectura fue muy criticada por los colegas de Yamasaki, sobre todo por la generación de aquellos que se las daban de jóvenes radicales en el momento en que se acabaron las torres. Resultaron ser los mismos que se precipitaron a reconstruirlas cuando fueron destruidas el 11 de septiembre de 2001. Entre los pilotos suicidas había un arquitecto, Mohamed Atta. Me pregunto por qué optó por no seguir el ejemplo de su paisano Hassan Fathy, que reivindicó la arquitectura local popular para protestar contra la dominación occidental, en lugar de irse a estudiar a Hamburgo, donde fue captado por Bin Laden".


Rem Koolhaas


"El holandés Rem Koolhaas [posiblemente, el arquitecto más influyente del mundo, premio Pritzker en 2000 y autor de la sede de la televisión china en Pekín y del futuro palacio de congresos de Córdoba] se negó a participar en los concursos de la Zona Cero de Nueva York. Según él, representaban un intento de crear un monumento a la autocompasión a una escala estalinista. Sin embargo, por esas mismas fechas se afanaba por conseguir el encargo para construir la torre más alta de Pekín, poniéndose al servicio de un Estado del que difícilmente podría decirse que es menos autoritario que Estados Unidos. Cuando se le preguntó por la posible contradicción contestó que el sistema chino estaba cambiando a tal velocidad que cuando se acabara de construir su edificio China habría abandonado la represión como herramienta política".

Cúpula del Milenio


"En un país con aversión histórica a gastar dinero en proyectos culturales a gran escala, la cúpula fue ideada para dar una nueva imagen de marca de Gran Bretaña a cargo de Richard Rogers, el arquitecto mejor relacionado del Reino Unido en el último medio siglo [autor del Centro Pompidou, de la T-4 de Barajas y último premio Pritzker]. Se convirtió en el gesto más vacío de la vida cultural británica. Puede que Tony Blair sea tan autócrata como François Mitterrand, pero a diferencia del presidente francés, carece de la confianza intuitiva en su propio juicio arquitectónico. Necesita que se le indique qué debe gustarle o qué debe decir que le gusta".

Eurodisney


"Era tal la insistencia con que Michael Eisner imponía sus ideas a los arquitectos que diseñaron Eurodisney que al final Aldo Rossi dimitió. En una carta, éste le recordó al gran capo de Disney que el último arquitecto italiano que había trabajado en París fue Gian Lorenzo Bernini, en el siglo XVII y para el rey de Francia [se olvidaba de Piano en el Pompidou y Aulenti en Orsay]. 'Claramente yo no soy Bernini', dijo, 'pero por desgracia usted parece creer que es el rey de Francia"

China en dos caras


"Cada año, el boom de la construcción china absorbe la mitad de la producción anual mundial de hormigón y una tercera parte de la de acero. ¿Contradicciones entre política comunista y economía capitalista? Mao era capaz de coleccionar caligrafía antigua en privado y al mismo tiempo fomentar la quema de libros en público".

Frank Gehry


"En Los Ángeles, una casa de Gehry tiene un rango tan alto en el competitivo juego de la posición social, que a su lado un retrato de Warhol apenas vale nada. Cuando uno está rodeado de autopistas y autorrestaurantes en forma de perrito caliente gigantesco no tiene mucho sentido crear edificios sobrios. Ésa fue la dirección que Gehry empezó a explorar. Ganó pocos amigos al negarse a participar en el concurso para el World Trade Center sugiriendo que los honorarios de 40.000 dólares eran degradantes".

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Jose Llano
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[AP] EL PODER DE LA ARQUITECTURA / Deyan Sudjic



Los arquitectos son los políticos más listos

EL PAIS.com
ANATXU ZABALBEASCOA

04/08/2007


[Es uno de los críticos más prestigiosos del mundo. Ahora publica un libro rompedor en el que analiza quién decide que nuestras ciudades sean como son.]

Cuando Deyan Sudjic (Londres, 1952) se dio cuenta de que jamás sería un gran arquitecto cambió los plazos largos de la construcción por la inmediatez del periodismo. Crítico de arquitectura en The Observer, fundó la mítica revista Blue Print y dirigió la italiana Domus. Hoy es, además, director del Design Museum de Londres, junto a Tower Bridge, en la renovada orilla sur del Támesis. Allí habla de su polémico ensayo La arquitectura del poder (Ariel), en el que sostiene que la arquitectura nunca cambia, que siempre tiene que ver con lo mismo: el poder, la gloria, el espectáculo, la memoria, la identidad y las preguntas primordiales.

PREGUNTA. ¿La arquitectura tiene que ver hoy con lo mismo que hace 2000 años?

RESPUESTA. Es cierto que hoy las cosas suceden antes. Hay más gente y nos movemos más. Pero no es algo novedoso. Tampoco lo es la globalización. La gente siempre se ha movido. Las ciudades son más antiguas que los países. Londres existió mucho antes que Inglaterra. Alejandría era hace 2000 años una ciudad con judíos, latinos y árabes. Y eso, para mí, es la condición contemporánea.

P. Usted dice que casi todos los políticos terminan por usar a los arquitectos. ¿No se da también el caso contrario?

R. Los arquitectos son los políticos más listos. Aunque los hay tontos. Todos los políticos buscan el efecto Guggenheim. Es un hecho. Pero bueno, uno escribe un libro y exagera para transmitir una idea.

P. ¿Ha exagerado mucho?

R. No. Alguien lo describió como una mezcla de cotilleo e investigación. La mayoría de los historiadores de la arquitectura no dan relevancia a ciertos factores contextuales. Mi objetivo no era tanto describir edificios sino explicar qué los hace posibles.

P. En su libro menciona a Hitler como inventor del efecto Guggenheim. ¿Lo hace con cinismo?

R. No. Me sorprendió leer en el diario de Speer [el arquitecto del Tercer Reich] cómo el ministro de finanzas pedía en 1934 moderación en el gasto y Hitler decía que no se le hiciera caso: que llegarían los americanos y verían el proyecto para el nuevo Berlín. Pero el origen de ese fenómeno está en las aldeas de la Toscana, que organizaban el turismo religioso en torno a las reliquias de los santos. La idea de crear un sitio aparentemente mágico se basaba ya en la certeza de que llegarían los visitantes.

P. Nunca ha habido tanta arquitectura, y tan visible, hecha por tan pocas personas. ¿Cuál es el peligro?

R. Muchos: quien compra una firma y no un proyecto puede acabar adquiriendo una caricatura. El trabajo que se hace con prisas no puede ser bueno.

P. ¿Cree que lo que ocurrió en el mundo del arte, que los críticos debían decir lo que estaba bien y lo que no, está comenzando a pasar en la arquitectura?

R. Las cosas se ven diferentes cuando sabes quién firmó el cuadro. Norman Foster tiene un estudio de 900 personas. Zaha Hadid está en 250 y eso cambia las cosas. Y supongo que Moneo todavía trabaja con 25. Es una elección. Pero parece que no puedas decir que no. La caravana de arquitectos se ha trasladado de Pekín a Dubai. Lo siguiente será Kazajistán. Te preguntas por qué la gente dice sí.

P. ¿Serían más felices siendo 25?

R. Sería una buena pregunta. Algo cambió cuando desapareció la división entre los arquitectos del círculo cultural y los comerciales. Hace 25 años, los arquitectos de los que hemos hablado no hubieran construido torres de oficinas en Londres sino bibliotecas, museos y vivienda social para zonas en desarrollo.

P. ¿Y cuál es el precio por construir tanto?

R . Foster, cuando era algo más joven, firmó obras maestras que lo convirtieron en un genio. El Banco de Hong Kong & Shanghai, por ejemplo. Ahora, te asomas a la ventana y ves diez proyectos de Foster. Ninguno es malo. Todos son bastante buenos. Pero él, en determinado momento, tuvo que tomar una decisión: ¿Quiero ser bastante bueno o sobresaliente?

P. ¿Qué será lo siguiente en arquitectura? ¿Qué viene tras el star system?

R. Nos acercamos a una época de arquitectura austera. Los estudiantes vuelven a valorar el trabajo pegado a la tierra que hicieron los Smithson.

P. Su libro sale ahora en chino, pero censurado, sin el capítulo sobre la plaza de Tiananmen.

R. Sí, y no sabía si publicarlo o no.

P. ¿Por qué accedió?

R. No quiero que me prohíban la entrada en China. Es demasiado interesante lo que está sucediendo.

P. ¿China es hoy la tierra de las oportunidades o territorio de gánsteres, el Chicago del siglo XXI?

R. Eso es Moscú, donde no tienen interés en ningún sistema legal. La mujer del alcalde es una de las mayores constructoras de la ciudad, pero la tragedia es todo lo que están destruyendo. Pekín es otra cosa. Si hoy lanzara una revista de arquitectura lo haría en Pekín. Está ocurriendo tanto y tan rápido que estar allí cuatro años significa ver cambiar el mundo. La primera vez que fui, hace quince años, sólo había camiones con verduras y el aeropuerto era como un refugio. He ido seis veces y cada vez es un sitio diferente. El boom de la construcción es también el agujero negro por el que el mundo está desapareciendo. Supongo que el partido comunista sabrá reconocer una situación prerrevolucionaria, porque eso es lo que tienen allí.

P. ¿Y qué es Dubai?

R. Un intento interesante de cambiar la perspectiva del mundo. En Dubai hablan de estar a medio camino entre Bombay y París. Se está creando un mundo que tiene también otros centros. Allí ves todo tipo de extravagancias -un salto de esquí en medio del desierto y cosas así- y no ves muchos árabes, sino indios, iraníes, chinos. Es una cultura híbrida que aprende de Singapur, la primera ciudad-Estado contemporánea junto a Hong Kong. Hacen lo mismo que ellos. Primero, fundar una línea aérea. Luego, invertir en guggenheims.

P. "El problema de los rascacielos", escribe usted, "es que no sabemos qué pensar de ellos. Y que las torres más altas del mundo se construyen ahora en ciudades que no sabríamos ubicar en el mapa". ¿Cómo va a cambiar esto el mundo?

R. El cambio puede verse ya en las ciudades europeas. Hace veinte años hubiera sido imposible hacer rascacielos en Londres o en Barcelona. La gente se acostumbra a que las ciudades tengan un aspecto y cuesta cambiarlo. Creo que el alcalde de Londres fue a Pekín y vio que primero habían construido el perfil de la ciudad y luego comenzaron a crear puestos de trabajo. E importó el modelo.

P. De modo que nos copian y les copiamos la copia.

R. Sí. La arquitectura se propaga como la gripe aviar. Un rascacielos es una idea muy básica. También el Guggenheim. Se levantan esos edificios para mejorar las ciudades, pero el objetivo es que los fabricantes no se vayan a otro sitio.

P. ¿Hay algún peligro en mezclar lo local con lo universal?

R. Una vez le pregunté a Enric Miralles por qué algunas culturas producen buena arquitectura y otras no. Me respondió que era como las setas en el sótano: pones una y el resto crece solo. Algunas culturas producen una cultura arquitectónica propia. China va camino de hacerlo. Japón lo hizo hace años. Finlandia la tiene. Y Cataluña. Austria también pero Alemania no. Los grandes arquitectos ejercen una sombra sobre los demás, pero sirven de estímulo. Piense en lo que Barragán hizo por México. Los buenos arquitectos hacen que una cultura lejana pase de la periferia al centro.

P. ¿Y qué hace a un buen arquitecto y a un buen edificio?

R. La capacidad para entender las cosas de otra manera, trabajo duro, autenticidad. Lo realmente malo en arquitectura es lo que no puede cambiar: viviendas sociales que no admiten variaciones, oficinas que no pueden alterarse. Los almacenes del siglo XIX son hoy magníficos museos o viviendas. Las ciudades que sólo pueden crecer de una manera son malas. Las que pueden cambiar y adaptarse son las buenas.

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Jose Llano
editor aparienciapublica
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